Michael Morpurgo, escritor infantil

“¿Qué hacer para tener niños lectores? Motivarlos debe ser lo primero”




Michael Morpurgo es un conocido escritor inglés de libros infantiles. En 2008 publicó una saga de 3 reportes con los 300 libros que los niños debían leer cuando chicos; en la pre-adolescencia y ya de jóvenes. El capítulo introductorio a los reportajes es este texto que aquí les presentamos. La historia comienza, como casi todo por estos días, con el éxito de los niños de Finlandia: están entre los más lectores y los más felices de Europa. Morpurgo postula que la gran lección de los nórdicos está en la motivación que padres y profes les transmiten a los niños, para que disfruten de las buenas historias. Y cómo se hace eso. Leyendo en voz alta. Leyendo juntos. Con los profesores contando cuentos en clases más que tomando pruebas memorionas. Con menos reglas y más disfrute.



“Nos enredamos demasiado para hablar de literatura. Nos preocupamos enormemente porque los niños en Inglaterra no les interesa la lectura. Informes tras informes revelan que nos estamos quedando cada vez más atrás en lo respectivo a la lectura de los niños, en comparación con otros países. Los niños más felices los tiene Finlandia. Según un ranking realizado, ese país obtiene el primer lugar; y también obtiene el primer lugar entre los mejores niños lectores. Ya entenderemos más sobre Finlandia y su felicidad.

Creo que una parte de la culpa la tiene la misma educación. Irónicamente, puede ser responsable tanto por el gran desempeño de nuestra literatura como también por dejar que muchos tengan la impresión de que la literatura no es para ellos, y que pertenece más bien a cierta elite. Como resultado, una gran parte de nuestra sociedad se ha separado de su propia historia, de su propia literatura. Esta alienación puede suceder fácilmente. Déjenme contarles una historia:

Había una vez un niño que cargaba siempre dos libros con él. Su casa no tenía paredes, parecía que sólo tenía libros. A la hora de dormir su mamá se sentaba en su cama y le leía Masefield, Kipling, Lear, De la Mare, Shakespeare, y al niño le gustaba porque a su mamá le gustaba. Se daba cuenta porque lo podía sentir en su voz, en su risa, en las lágrimas de sus ojos. Las palabras eran música para sus oídos. Nunca quería que la historia llegara a su final.

Después, iba a regañadientes al colegio, le costaba caminar entre el pavimento, la maleza y el smog londinense. Cuando llegaba a clases, las palabras que aprendía no eran mágicas, no eran música para sus oídos tampoco. Las palabras tenían que ser deletreadas correctamente, con excelente puntuación y la letra debía ser manuscrita y legible. No había más palabras de cuentos, sólo nombres y pronombres. Después usaban el diccionario y realizaban compresión de lectura y todo era pruebas y correcciones. Una multitud de cruces rojas y vistos buenos cubrían sus cuadernos y ejercicios como si fueran malditos cortes.


“En Finlandia hacen las cosas de manera diferente. Los niños finlandeses pasan más tiempo en su casa. Juegan y cuentan historias mientras nuestros niños están sentados en un colegio, trabajando y planificando sus tareas. A lo mejor esa es una de las razones de por qué los niños finlandeses son más felices, y también esa puede ser la razón de por qué siempre están primeros en los rankings sobre lectura”.


El temor a las palabras, al fracaso, hacía que toda la diversión se desvaneciera, todo la magia. Todos los días más palabras morían, hasta que en la noche al niño lo llevaban a ver a Paul Schofield interpretando Hamlet en el teatro Phoenix de Londres. Con la poesía, nuevamente amó a las palabras, todo era música para sus oídos y nuevamente amo todo eso.

Cuando el niño se convirtió en estudiante universitario, tuvo un profesor que se sentaba en la esquina de su escritorio y leía a Gawion y el Caballero Verde. Mientras el profesor leía, él vibraba con cada palabra, se enamoraba de cada palabra. Así el estudiante se convirtió en profesor de una escuela. El joven le leía a los niños todos las tardes antes de terminar las clases. Pero le leía solo historias que a él le gustaban. Cuando se le acabaron las historias que le gustaban, empezó a crear cuentos por su propia cuenta, así se convirtió en escritor. Ahora no se podía imaginar una vida sin leer cuentos e historias y mucho menos sin escribirlas.

Después de varios años enseñando y escribiendo, se dio cuenta cuáles eran las diversas historias que podían hacer vibrar a los niños. Y es por eso que tiene algunas ideas sobre cómo renovar esta vieja asociación entre nosotros y las historias y cuentos.

Lo primero, nuestro pensamiento tiene que cambiar. Tenemos que dejar de ver la literatura como una escalera al éxito educacional. Por supuesto que debemos y deberíamos estudiar literatura en nuestros colegios, pero primero tenemos que empapar a nuestros hijos con el amor hacia ellas, hacia las historias y cuentos.

Y para eso, padres y profesores tienen que tener una pasión por las historias también, así sólo tendrían que entregar un legado. Los niños tienen que saber que de verdad piensas así, que de verdad te gusta leer. Y un profesor tiene que encontrar el espacio, corrección, el gobierno tiene que darle un espacio en la malla curricular para que los profesores puedan leerles historias a los niños al menos una hora al día.

En la universidad nuestros profesores tienen que tener la oportunidad de conocer y amar los libros. Déjennos entrenar a nuestros profesores, no los culpemos. Tenemos que dejar de apuntarlos y empezar a confiar en ellos. No son ellos, son las pruebas y las planificaciones las que inhiben y sólo llevan miedo y temor a la sala de clases, sobre todo porque los niños son muy chicos para que se les abrume con tanta carga y presión.

En Finlandia hacen las cosas de manera diferente. Los niños finlandeses pasan más tiempo en su casa. Juegan y cuentan historias mientras nuestros niños están sentados en un colegio, trabajando y planificando sus tareas. A lo mejor esa es una de las razones de por qué los niños finlandeses son más felices, y también esa puede ser la razón de por qué siempre están primeros en los rankings sobre lectura. No ponen la carreta antes de tener el caballo, como nosotros. Ellos les dan a sus hijos el tiempo y el espacio para que crezcan, les cuentan cuentos y los niños lo disfrutan. Desde ese momento la asociación entre persona y literatura se empieza a desarrollar lentamente, orgánicamente, no de una manera impuesta como lo hacemos nosotros apenas tienen su primera clase en el colegio.

Nos molestamos y obcecamos cuando hablamos de desarrollar el amor por la lectura en nuestros niños. Queremos enseñarles fonética, semántica y todo eso y no nos damos cuenta de que nada de eso será entendido por ellos a menos que de verdad tengan ganas de leer. La motivación debe ser lo primero. Todos sabemos que a menos que un niño esté dispuesto a aprender, quiera aprender, no habrán berrinches o resistencia en el proceso de aprendizaje. Es muy probable que estén dispuestos a batallar con las dificultades de aprender a leer si saben que son las palabras las que les dan el acceso a todas esas magníficas historias. Si de verdad queremos que nuestros hijos se conviertan en lectores de por vida, tenemos que recordar que los caballos son mucho más divertidos que las carretas”.

La versión original publicada por el Telegraph y los 300 libros recomendados están en el siguiente link:

http://www.telegraph.co.uk/culture/books/3670594/100-books-every-child-should-read-An-introduction-by-Michael-Morpurgo.html

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