En Chile, quienes estudian pedagogía básica están entre los peor preparados académicamente (apenas les enseñan matemáticas, por ejemplo). Así, paradójicamente, los años más importantes en la formación de los niños están a cargo de una gran cantidad de profesores débilmente formados. En esta columna el matemático Ron Aharoni, Académico de Technion (instituto de Tecnología de Israel donde enseñan dos premios Nóbel de ciencias), cuenta lo difícil que fue para él enseñarles a niños de básica. Este profesor universitario, que construía complejos modelos matemáticos, dice que con los niños de primero, increíblemente, aprendió lo esencial de estas ciencias.



Un amigo mío dejó la industria de alta tecnología y una carrera de administración en la mitad de su vida y decidió que el propósito de su vida era enseñar matemáticas.

En septiembre de 1999, un poco antes de que comenzara el año escolar, me llamó y me dijo: hay un proyecto para promover la educación matemática en la ciudad de Maalot, al norte de Israel, acompáñame.

Yo enseño matemática en la universidad. Es más, siempre me ha interesado enseñar y he estado involucrado en actividades con jóvenes por muchos años. Entre otros proyectos solía enseñar a los alumnos superdotados de primaria y secundaria. Sin embargo, nunca había vuelto a poner un pie en la escuela básica desde que me gradué. Por ello hice la mayor cantidad de consultas antes de decidir involucrarme.

El consejo que más recibí fue el siguiente: ‘no tienes idea en lo que te estás metiendo. Enseñarles a niños superdotados es completamente diferente que enseñarles a niños normales. Enseñar en una escuela básica es una profesión aparte. Y es absurdo creer que con los conocimientos que tienes como profesor universitario de matemáticas, vas a poder resolver esta tarea’.

También conversé mi dilema con una experimentada profesora cuya opinión yo valoraba. Cuando escuchó mi idea estalló de rabia: “no te atrevas, me gritó, las personas como tú están arruinando la educación primaria. Tú no serás distinto de todos aquellos académicos que no tienen idea de cómo enseñar en la educación básica y vienen a entrenar profesores con sus fantasías y causan estragos en la educación. Vas a ir a Maalot, vas a confundir a todo el mundo y todos ellos van a tardar años en apagar el incendio que causaste”.

Mirando hacia atrás me cuesta creer que yo representaba todo eso. Con el inocente engreimiento del profesor universitario yo asumí que sabía más que todos aquellos que eran, después de todo, sólo profesores. Mirando hacia atrás, si hubiese hecho caso a todos los consejos que recibí, me hubiese perdido una de las aventuras más fascinantes de mi vida.

Empecé a hacer clases en 4° y 5° básico. Mi principio era hacer que los niños experimentaran con las matemáticas. Llevé a los niños al patio para que midieran la longitud de la sombra de los árboles, de los postes y los edificios. Calculamos la relación entre las sombras de los niños y sus alturas y usamos esa información para calcular la altura de los árboles de acuerdo a sus sombras (esta idea está tomada de Tales, nacido en el siglo VII A.C, el primer matemático mencionado por su nombre y que usó este método para calcular la altura de las pirámides). Hicimos círculos en la acera, y medimos radios, diámetros, circunferencias y los comparamos. Medimos el largo y el ancho de las salas de clases de muchas maneras. Aprendimos cuántas baldosas caben en un metro y la relación entre el largo de una sala de clases en metros y en baldosas.

Aprendí duramente cuál es el precio de la vanidad. Pese a mi esfuerzo era muy poco significativo lo que les estaba enseñando. La mayoría de las lecciones eran un desastre.

(…)

Afortunadamente, en ese momento también comencé a enseñar a niños de primer grado. Fue una experiencia emocionante y muy esclarecedora. Los niños de primero todavía no han sido corrompidos, confían en uno y te siguen a donde quiera que vayas. Ellos dan respuestas inmediatas y comunican claramente lo que funciona con ellos y lo que no. No hay mejor lugar para aprender a enseñar que el primer grado. Además, durante esos años me encontré con una excelente maestra, Marcel Granot, quien estaba dispuesta a participar en esta aventura. Con Marcel teníamos un sistema. Yo era el encargado de abrir las lecciones y Marcel intervenía cuando sentía que los aspectos didácticos no estaban funcionando. Eso normalmente ocurría cuando no entregaba toda la información, es decir, cuando me saltaba pasos importantes y perdía el ritmo.

(…)

¿Qué aprendí entonces? Mucho sobre la enseñanza; sobre cómo acercarse a los niños y su forma de pensar. Aprendí lo importante que es ser sistemático, algo de lo que carecía en un principio. Comprendí que los conceptos que los adultos perciben como un todo están construidos a partir de muchos elementos pequeños, uno encima del otro, y uno no puede omitir ninguno de ellos. Aprendí, por experiencia personal, que las explicaciones suelen ser inútiles en la escuela primaria: los conceptos se originan en la niñez a través de la experiencia personal. Yo tenía razón al hacer que los niños experimentaran con las matemáticas, el problema era que no tenía idea cómo integrar eso en el proceso de aprendizaje. La experimentación además no necesita aplicarse a nociones complejas. Es esencial también en la adquisición de los conceptos más básicos, como el concepto de número, o lo que significa ser "mayor que..." y "menor que...".

Pero aparte de todo eso, yo estaba ahí para llevarme una enorme sorpresa. Si alguien me hubiese dicho que volviendo a la escuela primaria yo iba a aprender matemáticas nunca lo hubiera creído. Para mi sorpresa, eso fue lo que pasó: aprendí muchas matemáticas. Quizás lo más esencial de ellas. Si yo hubiera ido a enseñar a la escuela secundaria, esto probablemente no habría ocurrido. El matemático profesional está familiarizado con las matemáticas que estudió allí, pero en la escuela primaria se va a encontrar con algunas novedades. Es que allí se presentan los elementos más básicos: el concepto de número, el significado de las operaciones aritméticas. Estos son elementos que el matemático profesional rara vez se detiene a considerar.

Una gran parte de las matemáticas que aprendí no eran conceptos nuevos sino algo completamente diferente: sutilezas. Era como mirar un pedazo de tela –que de lejos parece lisa y uniforme- y descubrir que está hecha de muchos hilos entrelazados. Es decir, lo que se cree que es una pieza resultó ser una delicada textura de ideas. Más importante aún, me di cuenta de que para ser un buen profesor uno debe estar familiarizado con los elementos más profundos y el orden en que están entrelazados. "El ritmo, el ritmo, el ritmo", como me decía Marcel, para recordarme la importancia de todo esto.

Ron Aharoni lleva años enseñando matemáticas a niños pequeños y entrenando profesores de escuelas primarias. Es autor de “Aritmética para padres”, un libro que fue traducido al inglés, al portugués y al árabe.

3 comentarios:

skok dijo...

Muy interesante, aunque creo que la moraleja es exactamente la contraria que la que ustedes presentan: no importa cuán preparados estén los profesores como matemáticos, lo relevante es que sepan enseñar.

Anónimo dijo...

Lo que "escucho" al leer esto son dos cosas, las cuales son complementarias:

1.un buen profesor debe manejarse en las lógicas profundas de la disciplina que enseñará, eso le permite ser creativo.
2. La expertisse disciplinar es condición necesaria pero no suficiente para la docencia.

El problema en Chile es que no es lo uno ni lo otro sino todo lo contrario, jajajaja.

samuel dijo...

Acabo de leerlo y confirmo mi sospecha que estamos ante un gran problema en la formación de maestros en America Latina