¿Todas las mentiras son malas?

Por Juán Andrés Guzmán

Pruebe a sostener el siguiente diálogo con su hija o hijo:

PADRE: A ver Javiera. Una preguntita: ¿es malo mentir?

HIJA: Sí

PADRE: ¿Sieeeempre?

HIJA: Sí

PADRE: Bueno, veamos. Imagínate que tu gran amigo Juan tuvo un pésimo día: que lo pillaron hablando en clases y lo retaron; que después empujó a un amigo y la tía lo vio, y le mandaron una comunicación. Después, en la tarde, se quedó jugando y entró tarde a la sala y le mandaron una segunda comunicación.

HIJA: Uuuuu, qué mal.

PADRE: Claro. Y cuando llegó a la casa lo retaron mucho y lo castigaron con un mes sin televisión.

HIJA: Me muero.

PADRE: Terrible. Pero al día siguiente, la cosa se pone peor. Llega al colegio y está jugando con la pelota y sin querer rompe un vidrio.

HIJA: Ooooooh

PADRE: ¡Imagínate! Tu amigo está muy asustado. Y entonces aparece la profesora. Y ve un vidrio quebrado y pregunta con voz tremebunda "¿Quién lo hizo?"

HIJA: Pobre.

PADRE: Claro y entonces, cuando Juan va a hablar, tu otro amigo, Miguel, dice: "yo fui, maestra. Yo rompí el vidrio con la pelota".

HIJA: ¡¿Qué?!

PADRE: Tal como oyes. Miguel se echa la culpa. La maestra no le cree mucho, pero decide castigarlo. Le pide la libreta de comunicaciones y se va a poner a escribir la comunicación. Tú que has visto todo, Javiera, ¿qué haces?





Es probable que muchos padres jóvenes no reconozcan esta historia. Pero la escena donde un niño se culpa de algo que no hizo es uno de los momentos memorables de la novela Corazón de Edmundo de Amicis. Allí es Garrone, el más fuerte del curso, el que se echa la culpa para proteger a un compañero que se metió en un gran lío y está asustado. Garrone siente compasión y actúa, corriendo el riesgo de ser castigado. El maestro, afortunadamente, sabe que es inocente y al final del episodio le dice al muchacho "¡Tienes un alma noble!"

Me acuerdo que cuando era niño en ese punto se me llenaban los ojos de lágrimas y quería ser como Garrone y hacer cosas nobles... y también que me culparan por ellas injustamente (hay un capítulo de Papelucho que se ríe de esa tendencia de los niños a la autocompasión. En su caso, lo castigan por algo que no hizo y él se imagina que se muere y que lo lloran y que sus padres se sienten culpables de haber sido tan malos, pero ya es tarde. Yo comprendía tan bien a Papelucho).

En estos días Corazón ha desaparecido de las lecturas de los niños, probablemente con justa razón. Está cargado al melodrama (de ahí viene, por ejemplo, la historia de Marco y su viaje de Los Apeninos a Los Andes) y abundan las escenas que tratan de terminar con el lector sollozando, como si la emoción fuera la mejor estrategia pedagógica. En Corazón todo es trascendente, no hay instantes de sano tonteo. Su gran defecto es que carece de humor. Y el humor es central para aprender a mirar con distancia las cosas, para buscar soluciones creativas, para tener una buena vida.

A pesar de eso, me parece que la solidaridad y generosidad, el interés por los otros, ocupaban en esa novela un lugar que no tienen en los actuales textos para niños. En Corazón se incentiva a actuar por los otros, se enseña de muchas maneras que somos parte de una comunidad. Y eso también es necesario para tener una buena vida.

Para mí, que soy de la generación que leyó a Edmundo de Amicis, es muy valioso el acto de Garrone. Me gusta que, en vez de pensar “qué bueno que lo retaron a él y no a mí”; en vez de sentir alivio frente a los problemas del otro, decida actuar. Pero me gusta más que desafíe a la autoridad adulta para proteger a un amigo. Tengo la sensación de que hoy, por motivos prácticos, en las salas de clases se fomenta más el acusar a los amigos y el sentirse aliviado cuando el reto no le cae a uno.

Sin duda que preguntarles a los niños por qué Garrone (o Miguel, en el diálogo de arriba) se echa la culpa, abre una infinidad de caminos de conversación. Pero me parece que el momento clave, con redoble de tambores y todo, llega al preguntarles qué harían ¿Decir la verdad a la maestra para que no castiguen a un inocente? ¿O no hacer nada y dejar que engañen a la profesora?

Hay una novela fantástica donde se ofrece una tercera perspectiva. Es para adultos y realmente se las recomiendo: es “El Lector” del alemán Bernhard Schlink. Para no arruinarles el libro, digamos que hay una mujer que tiene un secreto que la avergüenza mucho, algo que de verdad no quiere que nadie sepa. Y ocurre que la acusan de un delito grave y la condenan a pasar varios años en prisión. Ella es inocente pero la única forma en que puede demostrarlo es revelando el secreto que la avergüenza. Decide guardar silencio e irse presa. Pues bien, tiene un amigo que sabe la verdad y que no sabe qué hacer. El hombre le pide consejo a su padre que es profesor de Filosofía y este analiza el dilema a través de principios que rara vez se le explican a los niños: la dignidad y la libertad.

Este es un resumen de esa conversación que tiene el protagonista de la novela con su padre.

"Mi padre se remontó a conceptos como la persona, la libertad y la dignidad, y recalcó la idea del ser humano como sujeto al que nadie tiene derecho a convertir en objeto. Me dijo:

"-¿No te acuerdas de cómo te enfadabas de pequeño cuando mamá, por tu bien, te obligaba a hacer algo que no querías? ¿Tenía derecho a hacerlo? Es todo un problema. Un problema filosófico. Pero la filosofía no se ocupa de los niños. Los ha dejado en manos de la pedagogía, lo cual es un error: la filosofía se ha olvidado de los niños... Pero en el caso de los adultos, desde luego tengo muy claro que no hay justificación alguna para anteponer lo que un sujeto considera conveniente para otro a lo que este considera conveniente para sí mismo.

"-¿Incluso al precio de renunciar a la felicidad?"

"Negó con la cabeza."

"-No estamos hablando de la felicidad, sino de la dignidad y la libertad. Tú, desde pequeño, ya conocías esa diferencia. El hecho de que mamá siempre acabara teniendo razón, no te servía de consuelo".

Después de este diálogo el protagonista se sintió aliviado. Pero su padre continuó.

“-Tu problema no tiene ninguna solución agradable. Vamos a ver: esa persona que conoce un secreto y no sabe si debe revelarlo ¿se limita a observar o tiene algún tipo de responsabilidad en el asunto, aunque sea involuntariamente? Si es así, si tiene alguna responsabilidad, debe actuar. Si sabe lo que le conviene al otro y este se niega a verlo, debe intentar abrirle los ojos. El otro siempre tendrá la última palabra, pero hay que hablar con él. Insisto, con él, no con otras personas a sus espaldas”.

Tal vez lo que Schlink le recomendaría a Javiera o al niño que tenga que decidir sobre esta historia, es que hable con el que quebró el vidrio y diga la verdad. Probablemente recomendaría también no dejar de ser amigo de Garrone o de Miguel, porque de esos tipos uno se encuentra pocos en la vida.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelentes los aporte de los distintos autores para fomentar la lectuira infantil dentro de la dinámica familiar

markito dijo...

Mi estimado amigo
Me hiciste rememorar mi infancia con mis lecturas de Edmundo De Amicis, cuando me creia que el Marco del cuento era yo...trataré de hacer la posta literaria con mis hijas de este hermoso libro.

Además me hiciste pensar que he perdido el gusto de la lectura ... lo paradojico es que paso todo el día leyendo y redactando informes ....pero hace mucho que no disfruto de una lectura como la hacía en los verdes prados de La Reina cuando pensé que mi ganas de leer serían suficiente para estudiar literatura...

un gran abrazo
Marco Antonio Quijada
marco.quijada@gmail.com