Hace dos semanas, el periodista y editor Gazi Jalil publicó el reportaje “Profesor en la línea de fuego”, sobre su experiencia haciendo clases a un liceo donde el 40 por ciento de los alumnos vive de allegado. Fueron tres días de observación y de conversación con jóvenes y profesores, tratando de enseñar cosas muy simples a niños desmotivados, con poco orden, muy desorientados y con vidas brutales. El artículo de Jalil, notablemente escrito, muestra una realidad en la que muchos no reparan cuando proponen soluciones al desastre de la educación chilena: la complejísima realidad social de la que vienen los niños y el esfuerzo enorme que tienen que hacer diariamente los profesores para hacerle frente.

Gazi Jalil escribió para Juegos de Mate esta reflexión sobre lo que significó para él pararse frente a esos jóvenes y cuenta una historia que no incluyó en el artículo.



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El Liceo Esteban Kemeny, de Pedro Aguirre Cerda, tiene de primero a cuarto medio y recibe alumnos desde las poblaciones más estigmatizadas de Santiago, como La Victoria, José María Caro, Santa Adriana y Santa Olga. En los últimos dos años, ellos pueden capacitarse en Servicio de alimentación colectiva o Atención de párvulos. Al salir, pueden ganar, con suerte, unos 180 mil pesos mensuales. La mayoría da la PSU sólo porque es gratis y en el Simce exhiben puntajes bajísimos, que la propia directora dice que la enfurecen. El índice de vulnerabilidad entre ellos es del 80 por ciento y un 40 por ciento vive de allegado. Hay también una estadística inexistente de alumnos dañados emocionalmente, golpeados o ignorados por sus padres o con al menos un familiar en la cárcel por homicidio, robo o narcotráfico. Semanas antes de que yo llegara a hacer clases, uno de los niños había protagonizado una pelea con otro alumno durante un recreo. La directora me contó que cuando lograron separarlos, estaban tan heridos que llamaron a sus padres para trasladarlos a un consultorio. Al poco rato, el liceo fue rodeado de autos y camionetas nuevas. Los profesores que vieron la escena quedaron helados. De uno de los vehículos bajó la madre de uno de los niños involucrados. Enfurecida, le dijo al inspector que a su hijo nadie lo llevaría a un consultorio. Que se lo iba a llevar a una clínica. Lo sacó del liceo y los autos desaparecieron en caravana.

-De por aquí cerca son los Cara de Jarro –me dijo la directora, refiriéndose a la banda de traficantes de La Victoria.

Llegué a hacer clases a ese liceo no porque fuera profesor. Llegué porque soy periodista y una vez escuché a hablar a Tomás Recart, director ejecutivo de EducaChile, de los riesgos que debían enfrentar los profesores que ellos preparaban para trabajar en colegios vulnerables.

Me pareció que había escuchado varias veces las mismas historias y le propuse a Recart que me dejara ser profesor por algunos días. Tiempo después me dijo que podía ir al Esteban Kemeny, a un primero medio.

La primera clase fui de oyente para ver cómo trabajaba Camila Bustamante, la profesora de lenguaje a la que iba a reemplazar. Camila tenía varias técnicas para mantener el orden, se esforzaba por ganarse la atención de sus alumnos, hablaba con autoridad, pero se le hacía difícil hacer su clase en un ambiente en que realmente casi nadie quería escucharla. Yo, sentado en uno de los bancos, veía como la mayoría de los niños se levantaban, hablaban, gritaban, contestaban el celular, escuchaban música o hacían cualquier cosa, menos lo que Camila les indicaba. Pensé que cuando fui escolar jamás se me habría ocurrido hablar sin levantar la mano y pararme de mi banco sin permiso del profesor era causal de expulsión de la sala. Aquí eso parecía no importar en lo más mínimo.

Tampoco me hubieran dejado entrar sin llegaba atrasado. Aquí, casi la mitad del curso llegó después de la hora. Me preguntaba si en ese ambiente alguien podría aprender o interesarse por la materia. En el desorden, apenas noté a Orlando, un niño que se sentaba adelante, tomó notas, prestó atención, no se movió, no interrumpió, pero no participó en clases.

Camila me contó que Orlando nunca hablaba, a menos que le pregunten. Que tenía uno de los mejores promedios del curso. Que no tenía amigos. Y que casi no faltaba a clases.

Al día siguiente, en la segunda clase, me dediqué a ayudarlos en un trabajo práctico que debían hacer. Se trataba de una crítica de cine o del comentario de fútbol. La mayoría escogió escribir de fútbol –de hecho, muchos me dijeron que querían ser futbolistas, primero porque les gustaba y segundo porque era la única manera de salir del mundo en que viven-. Orlando no. Orlando escogió escribir sobre Príncipe de Persia, la película que había visto recién. Mientras me paseaba de banco en banco viendo los trabajos, ayudándolos con la ortografía, tratando de mejorarles la redacción, pensaba que muchos de ellos vivían una tragedia. No pude evitar pensar que muchos abandonarían el liceo en la primera oportunidad que tuvieran. La deserción el año pasado había alcanzado el 40 por ciento.

Fue recién el tercer día cuando me di cuenta que la verdadera tragedia era la de Orlando. Pensé que si él estuviera en un colegio mejor, con mayor nivel, con alumnos más interesados, con profesores más motivados, con un ambiente más favorable, Orlando tenía una oportunidad real de llegar a la universidad si quisiera. Pero ahí, el niño no podría salir de donde estaba. O le iba a costar mucho. Pensé que por eso su silencio, que tal vez sabía que no tendría suerte, que seguiría el mismo destino que sus compañeros, que tal vez podría conseguir un buen trabajo saliendo de cuarto medio, ganar el sueldo mínimo y sentirse afortunado. Pero ese tercer día, Orlando no asistió a clases. Le pregunté a su compañero de banco por él y me dijo que no sabía. Que a veces faltaba. Que apenas lo conocía.

Después que publiqué el reportaje, algunos lectores me dijeron que lo peor era que no había esperanzas. Yo no creo eso. Creo que hay muchos alumnos como Orlando que podrían tener oportunidades si son rescatados. A ellos, lo peor que les puede pasar es que el ministerio identifique su colegio con un semáforo en amarillo o rojo. Probablemente ahí Orlando se pierda en las estadísticas de abandono y frustración.

4 comentarios:

Mónica Martin dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Mónica Martin dijo...

Felicitaciones por la nota.

Como nota al margen... la historia me deja sentimientos encontrados con el ministro. Sus semáforos parecen una sentencia fatal para los niños más vulnerables, pero sus liceos de excelencia, a la luz de Orlando, hacen mucho sentido.

Anita María Sanhueza dijo...

Tremenda columna, Gazi. Te pasaste, felicitaciones...

Juan C dijo...

Como docente, valoro el contenido de este reportaje, ya que se quedaron cortos en el relato, mi pregunta es si alguna autoridad habrá entrado a una sala de clases de estos liceos no para saludarlos, sino para compartir el trabajo de los docentes.
CReo que es casi la crónica de una muerte anunciada, para mejorar algo de esta realidad, habría que hacer una cirugía mayor en la sala que repitan todos los que de sea necesario, olvidándose del costo que esto tiene, dotar a los colegio de todos los elementos que les permitan acercarse a los que dispone un niño de un nivel social más elevado y alargar la jornada todo lo necesario para lograr aprendizajes significativos, y lo que creo que será imposible restablecer un grado de disciplina que permita realizar el trabajo docente.
Solicito permiso al autor de este reportaje para difundirlo, respetando la autoría creo que en la medida que todos sepan la realidad de nuestras salas, podremos aplicar remediales efectivas y no calmantes como se hace en los últimos años.