“Tengo hijos que son grandes lectores”




A fines del año pasado Andrea Precht tomó una decisión compleja: sacó a sus dos hijos, de 13 y 11 años, del colegio, para educarlos ella en su casa. El nombre técnico de lo que hizo es desescolarizar y en una próxima entrevista abordaremos en profundidad los motivos que tuvo y cómo ha sido esta experiencia. Pero adelanta en esta columna que, respecto de la lectura sentía que la enseñanza escolar encajonaba a sus hijos en modelos muy básicos.

Andrea Precht es directora del Centro de Innovación y Calidad de la Docencia de la Universidad de Talca. También es columnista de La Tercera (http://blog.latercera.com/blog/andreaprecht/). Aquí nos entrega ideas para hacer que los niños disfruten de las buenas historias. Y ahonda en un punto clave: cómo hacerle trampa al colegio cuando éste da pésimas lecturas a los niños.




Puedo afirmar que tengo hijos que son grandes lectores.

La Ignacita, de 13 años, vuela con colores propios.

Juan Cri, a sus 11 años, declara que no le gusta leer, sin embargo goza cuando le leemos una novela. Lo que en verdad le ocurre es que se cansa de leer novelas pero le gustan los Manga, los libros de ciencia y los con información freaky (El libro de las cacas, el libro de record guiness, asquerosidades vikingas, mugre griega, etc).

El que sean buenos lectores no ha sido casual.

En nuestra casa, y en la de mis papás, se lee mucho.

En Navidad el regalo es un libro. Visitamos las librerías como un paseo interesante. Ir a una librería con café, tomar algo rico, leer un rato y escoger un título es algo así como un ritual familiar. Ayuda que aquí en Talca, la librería Byblos tiene un personal acogedor que los niños quieren mucho (durante años la Ignacita soñó con trabajar allí).

Con las bibliotecas no nos va tan bien, el colegio en que estaban no tenía una muy decente y, como dice la Igna, la biblioteca regional da pena.

No somos de comprar juguetes caros, sin embargo, invertimos en libros.



El que sean buenos lectores no ha sido casual. En nuestra casa, y en la de mis papás, se lee mucho. En Navidad el regalo es un libro.


Desde que eran pequeñitos su regalo de Navidad era un libro. Eso ya es tradición familiar. Nunca olvidaré cuando una señora les preguntó a mis hijos qué pedirían al Viejo Pascuero, a lo que la Igna contestó que “Nada, si siempre trae libros“. Esto que podría sonar tremendo para oídos ajenos, no lo es tanto: A los cinco años la Ignacita me confesó, con tono culpable, que consideraba que los libros eran mejor que los juguetes. La pobre ya sabía que lo “normal” en niños de su edad era la respuesta contraria.

Desde que nacieron les hemos leído en voz alta y, a pesar que ya son pre adolescentes, seguimos haciéndolo. De ese modo logramos varios propósitos:

Crear un momento de intimidad y vinculación afectiva en la familia. Leer es un rato de regaloneo al terminar el día. También es común que en viajes largos llevemos algún libro que les leo.

Modela el cómo leer, les damos una “voz” que ellos interiorizan, y les permite comprender mejor lo que leen.


Nunca les dejamos solos con lo que leen, siempre buscamos la oportunidad de conversarlo y relacionarlo con otros aspectos de sus vidas.


Facilita los criterios para seleccionar libros. Gracias a este sistema de lectura en voz alta, han podido acercarse a libros que “les quedan grandes” en su capacidad de leerlos, pero no en su capacidad de comprenderlos. Así conocieron las Alicias de Lewis, Las Crónicas de Narnia, los libros de Michael Ende, varios mitos, los clásicos de Grimm y Andersen, cuando eran muy, muy pequeños. Muchos de ellos, hoy la Ignacita los está releyendo con una perspectiva más grande.

Cada vez le leo menos a la Ignacita pues ya se lanzó con colores propios. Con Juan Cristóbal continúo pues lo que él selecciona es lo que le gusta pero no es buena literatura, eso lo proveo yo con la lectura nocturna. Reconozco, eso sí, que me he ido poniendo floja.

Cuando eran pequeños, el tiempo que invertía en ello era inmenso. Nos basábamos mucho en los cuentos clásicos. Sin censura. Sé que muchos prefieren las versiones Disney, bien blanqueadas, de los cuentos originarios. Nosotros, por el contrario, preferíamos las versiones antiguas. Nos apoyamos en parte en la tesis de psiquiatra Bruno Bethelhein, quien plantea que estas historias no eran para niños, sino para la comunidad y tenían como propósito fue resolver conflictos propios del psiquismo humano. En su libro “Psicoanálisis de los cuentos de hadas” Bethelheim desarrolla esta idea, la que fue mi guía para educar a mis niños cuando chicos. En estos cuentos los niños encontraron imágenes y símbolos que les permitieron comprender, por ejemplo, cómo el sufrimiento es parte del crecimiento y el cambio; valorar el sacrificio personal, descubrir cómo es posible superar la adversidad. Recuerdo a Juan Cri que a sus tres años me hacía repetirle una y otra vez la historia de Juanito y las habichuelas mágicas; una metáfora de la superación del Edipo: este niño que debía alejarse de la vaca lechera (y de la madre) para enfrentar un gigante, obtener huevos de oro y conquistar a la mujer (arpa) que le permite retornar al hogar como hombre.

Así mismo, apoyados por la Angélica Edwards, en su “Hora del Cuento“, fuimos siempre trabajando el símbolo contenido en la literatura , empujando a los niños hacia su zona de desarrollo próximo, mediando para que lleguen a eso que pueden lograr pero con ayuda. Es decir, nunca les dejamos solos con lo que leen, siempre buscamos la oportunidad de conversarlo y relacionarlo con otros aspectos de sus vidas.

No me complica que lean libros más marketeros en la medida que no sea lo único que lean. Hace un par de años la Ignacita ganó un premio nacional de ensayo infantil comentando su amor por la saga de Harry Potter. Es decir, leyendo algo que es de la cultura popular, se interesó lo suficiente como para aventurarse en el género de ensayo con tan sólo 9 años. En aquella composición escribió:

“Lo que más me da rabia de los Dursley, los tíos muggle de Harry, que además de ser pesados, no tienen ni un sólo libro en su casa. Lo único que hacen es ver tele”.

Resalto esa cita, pues muestra como en el imaginario de la Ignacita, parte de la maldad de los Dursley se manifestaba en su rechazo a la lectura y su cultura televisiva. Sin embargo, era la misma niñita que sufría con los libros asignados por la escuela.


No me complica que lean libros más marketeros en la medida que no sea lo único que lean.


Durante años su colegio tuvo un sistema precioso:

Debían leer, al menos, un libro al mes, seleccionado por ellos mismos. Se daba entonces una suerte de mercado negro de libros en el patio del colegio. Los niños estaban siempre recomendándose libros unos a otros. Hasta que llegó una profesora que consideró que ello era muy complicado pues no tenía tiempo para leer todo lo que los niños leían (Bajo el supuesto del control, es claro que ella debía conocer cada libro al detalle ¿De qué otro modo puede preguntar por el color del caballo blanco de Napoleón?)

Entonces mi hija, que en aquella época tenía 11 años, me comentó frustrada: “Por culpa del colegio no puedo leer”.

En su velador la esperaban libros hermosos, bien redactados, de tapa dura, papel fino e ilustraciones mágicas. La llamaban con su canto de sirena, mientras ella -siempre obediente- batallaba con la dura y tosca trama de Kazan, el Perro lobo.

Eso nos llevó a otro tema:

Para que fueran buenos lectores, nosotros debíamos aprender a hacerle trampa al sistema escolar.

Desde entonces, hasta que los desescolaricé, los libros del colegio se los leía yo en voz alta. En general, bastaba una tarde para ello, ya que los libros del colegio suelen ser de una simpleza abismante. De ese modo les liberaba el tiempo para leer “de verdad“.

Alguna vez, aquella misma profesora le dijo a la Igna: “No quiero saber que tu madre te lea los libros”. A lo que la Ignacia le contestó: “No”. Llegó muerta de la risa a la casa diciéndome que ese “no” quería decir: no lo sabrá, en vez de, no me lo leyeron.

Tuve la suerte de confesarle este pecado escolar a Jacques Tardif, académico canadiense investigador en el área, quien me encontró toda la razón. (Si, lo sé, un vil argumento de autoridad pero tranquiliza las conciencias de las malas apoderadas como yo). En lo que fue un hilarante viaje de Curicó a Talca – el hombre es un gran conversador y simpatiquísimo – pude ver y entender cómo la Ignacita estaba desaprendiendo a leer, pues requería habilidades propias del oficio de alumna para aprobar los exámenes que controlaban su lectura.

De ser una niña que hacía lecturas comparativas, capaz de descubrir arquetipos como el del viaje del héroe en distintas novelas, pasó a concentrarse en la vestimenta de un personaje auxiliar por si se lo preguntaban en la prueba.

…y después me preguntan ¿Por qué saqué a los niños del colegio?

2 comentarios:

Mónica Martin dijo...

Ignacia es total. Me declaro su fans.

Angela dijo...

Creo que los grandes cambios culturales nacen desde el cuestionamiento de lo que vivimos. la obsecuencia con el sistema escolar es dañina,ya que es demasiado el tiempo que se le destina y finalmente no puede ser un mero ente sociabilizador cuando el motor es el conocimiento.
Me parece muy valiente tu opción Andrea. Y notable que te animes a seguir lo que te parece mejor para tus hijos